Conversando con Thania Morales, arquitecta del equipo de Verde Azul

abril 29, 2020 4:17 pm

Las opiniones y experiencias de todas las personas con las que nos relacionamos componen un tapiz precioso con diferentes hilos y texturas. Hay trazados antiguos, otros más recientes, se percibe en la calidad del género y en su desgaste. Algunos colores se enredan y forman figuras que reconocemos desde la lejanía, otras en cambio se nos presentan cuando nos acercamos y tocamos con nuestros dedos. Hay arte e historia en todos los relatos que nos componen como tapiz. Hay un saber hacer oficio, y entender ese mismo oficio desde muchos matices; y nos sentimos profundamente orgulloses de esto.

Hoy queremos conversar con Thania Morales, integrante de nuestro equipo desde hace muchos años. Su propia trayectoria personal  y su trabajo dentro de la oficina muestran una forma de hilar en el tapiz coherente, consciente del valor de la historia y de cómo ésta guía nuestras manos en nuestro tejer.

Buen día Thania. Para empezar esta conversación, nos gustaría que se presentase con tres adjetivos que le describan en lo personal, laboral, y/o comunitario. La idea es con tres cualidades contar aspectos importantes de sí misma.

Entregada, perseverante y comprometida. En lo personal también me describiría como apasionada e intensa con mis intereses y aficiones. Estas cualidades me ayudan a que no me cueste el trabajo, porque como hago algo que me gusta y me llena, lo hago con pasión y entrega, con alegría de estar ayudando al resto. Creo que el hecho de ser perseverante con las cosas que quiero lograr, comprometida con la gente, con mi oficina y las comunidades, me ayuda mucho a mi labor ya que siempre surgen dificultades en trabajos con tiempos tan largos y con tantas relaciones interpersonales.

Ahora querríamos preguntarle sobre cómo empezó a trabajar en Verde Azul. ¿Cómo cree que le ha cambiado profesionalmente su labor en la oficina ¿Siente que le ha aportado ciertos valores o experiencias a nivel personal?

Yo en el 2012 me titulé con un tema que yo ya venía trabajando de antes: vivienda social en centro histórico, edificios antiguos de vivienda obrera utilizados como vivienda social hoy en día; trabajando con temas de patrimonio y vivienda social en general.

Vi que la oficina de Verde Azul trabajaba estos mismos temas: vivienda social y además con la reconstrucción del terremoto de 2010. Yo llegué a trabajar a principio de 2012, a remplazar a Daniela [Sierra] que se había ido, la única arquitecta aparte de les socies Felipe [Araya] y Camila [Barreau]. Empecé a trabajar en unos proyectos del Fondo Solidario, pero después estuve principalmente con el tema de la reconstrucción del terremoto y las viviendas patrimoniales de adobe por dos años, trabajando en la Región Metropolitana en general e incluso en la sexta región.

En lo profesional, el hecho de trabajar para el sistema público –SERVIU, Servicios de Vivienda y Urbanización, SEREMI, Secretaría Regional Ministerial, o el Minvu, Ministerio de Vivienda y Urbanismo-, te hace darte cuenta de que el funcionamiento es muy distinto al trabajo para privados: has de aprender y acomodarte a toda la burocracia y a tiempos muy lentos y extendidos. Hay que lidiar con una serie de cadenas de personas y procesos engorrosos, largos; y poder de cierta forma ser una misma un ente burocrático para hacer cumplir los trámites que el sistema te pide, tanto con la gente, como con las constructoras y las municipalidades, con todas las entidades que participan de un proyecto. Hay que saber como ITO [Inspectora Técnica de Obras] y como arquitecta, ser el nexo entre todos estos actores que participan, y eso es un aprendizaje sobre el manejo de procesos, sobre la propia burocracia. En lo privado es totalmente lo opuesto, y no es ni mejor ni peor, pero mi pega en Verde Azul me ha enseñado como es el trabajo para el sector público.

En lo personal, la labor en la empresa me ha cambiado para positivo, primero porque todo lo que he aprendido de habilidades blandas no es lo típico que se estudia o se trabaja desde el ámbito de la arquitectura. Una como arquitecta no tiene mucho este manejo o esta capacidad de pensar las cosas desde en el habitante como foco principal; en general la arquitectura está muy ligada a lo construido, a ver la urbe desde lo material, mientras que el habitante está en un segundo o hasta tercer plano. En nuestro trabajo el habitante es lo primordial: con las preexistencias, y con la gente viviendo en la propia casa, por lo que las familias son partícipes en un nivel muy alto de todas las decisiones que se toman y en todos los momentos del proceso de un proyecto. El tener que lidiar con las familias, con grandes comunidades, me ha aportado mucho en mis habilidades blandas, en la paciencia, en la empatía, en las habilidades sociales que están más ligadas al trabajo social o de psicología y que yo antes no tenía.

Actualmente está cursando un Mágister de Intervención en el Patrimonio Arquitectónico en la FAU de la Universidad de Chile. ¿Qué le llevó a este ámbito de la arquitectura? ¿Cree que en los procesos de construcción de hábitat son totalmente necesarias las nociones sobre nuestro patrimonio?

Hay dos cosas que a mí siempre me han gustado mucho, desde el colegio: la historia y el arte. Siempre he hecho actividades artesanales, siempre he desarrollado cosas con mis manos, muy ligadas al tema de la historia. El patrimonio es una mezcla entre arte e historia, y se va plasmando en lo concreto, en lo edificado; nos permite ver el paso del tiempo en una sociedad. A nivel histórico, los estilos van marcando las diferentes etapas, como por ejemplo por qué antes se adornaban las columnas con hojas de laurel, en referencia a la arquitectura griega… Todo lo que puedes manifestar en algo concreto, como un edificio, un cuadro, o una escultura, tiene un trasfondo histórico un porqué que retrata la identidad y la memoria de las sociedades. Ese proceso, ese saber, es lo que a mí me interesa.

El patrimonio es muy importante para nosotros como chilenos, y para todas las sociedades en general; porque es la manera de mantener y conocer tu identidad y tu memoria como integrante de una sociedad. La importancia de preservar el patrimonio, mantenerlo, valorarlo, porque está retratada toda la memoria de nuestro país en él: los procesos, guerras, dictaduras, etc; las cuentan nuestras ciudades y pueblos, donde haya una construcción podemos leer memoria.

¿Cómo ve representado o visibilizado el patrimonio en las comunidades con las que ha trabajado? ¿Cree que la valorización de éste puede influir positivamente en las familias?

En mi opinión la valorización del patrimonio en las comunidades se da de ambos lados: una piensa que como arquitecta va a llegar a una comunidad a resaltar qué cosas tienen valor, pero muchas veces viene de parte de las familias, las personas son más conscientes del valor que tiene su comunidad o territorio, que el resto de la ciudad o los mismos profesionales. Muchas veces la gente está consciente de su historia, de su lucha, del valor que tienen, y traspasan esa información a través de nosotros que somos el intermediario. A través de los proyectos, podemos plasmar el valor que la comunidad le da a su territorio, manifestándoselo al SERVIU para que se ganen un subsidio para cierto proyecto, o al SEREMI, por ejemplo. En cambio en otras comunidades que no están cohesionadas, al trabajar en conjunto se empieza a tomar esta conciencia: que el valor patrimonial es un valor agregado a lo que ya poseen estos pobladores.

En estas situaciones, cuando las comunidades con las que ha trabajado eran muy conscientes del patrimonio que poseían… ¿le han ayudado a entender el patrimonio de otra manera, a abrir más la propia noción de patrimonio? ¿Cree que valoran, por ejemplo, la propia historia de sus viviendas?

En este caso, yo hablaría de una de las comunidades más conscientes con las que me ha tocado trabajar: el ejemplo de la Villa Olímpica. Es una población que se construyó a fines de los años 50 y comienzos de los 60 para el mundial de fútbol que hubo acá en Chile, y que está constituida por viviendas de estilo modernista, con muchos blocks y casas. La gente de la Villa está muy consciente, lucharon y en 2017 lograron el título de Zona Típica, de Protección del Consejo de Monumentos. Esa fue una batalla que dio la comunidad para lograr este título que les protege frente a la especulación inmobiliaria,  frente a los procesos urbanos que se puedan vivir en el tiempo. 

Nosotros llegamos a estas comunidades en la parte final de reconstrucción tras el terremoto, pero ya nos sorprendió todo el trabajo que tienen comunitario, que funciona hasta hoy en día. Tienen por ejemplo un comercio cooperativista hasta el día de hoy, de miniproductores y comerciantes locales de allí del barrio, en la zona central de comercio de la villa. Este valor lo quiero rescatar aquí porque se ha logrado gracias a su esfuerzo, eso demuestra que están muy conscientes y trabajan para que sigan funcionando y apoyando como comunidad.

La misma sede social que tienen, donde se imparten cursos, clases, de yoga, de danza, apoyo escolar… Es la primera escuela trans que se abrió en Chile, por ejemplo. Es una sede súper activa, con horarios de funcionamiento, con secretarios; todo para los vecinos. Antes de llegar a Villa Olímpica no sabía que había comunidades tan organizadas y que funcionaran así, con un nivel tan alto de redes, tejidas por ellos mismos. Y esto va más allá del propio valor de la vivienda en sí, claro de un estilo modernista y una época particular, pero lo trascendieron: protegen su vida y sus viviendas y además crean redes de apoyo entre ellos.

¿Ha tenido experiencias opuestas? ¿Que no valorasen el patrimonio y/o no viese usted mucha cohesión comunitaria?

De hecho ahora estoy trabajando con una comunidad por el Magíster, cerca del barrio de Yungay en Santiago Centro, donde se ve claramente estas dos visiones opuestas en los moradores sobre el patrimonio: la gente que lo defiende, que quiere salvar su barrio, y los otros vecinos que sólo quieren vender, demoler, salir de ahí y que construyan edificios. Esto ha sido un punto de desencuentro entre varios barrios, entre comunidades. En muchos casos se lucha por defender un barrio, ganar proyectos, subsidios, declaratorias, y hay vecinos que no quieren, no le dan valor a las casas antiguas de adobe, de quincha de madera u otros sistemas antiguos de construcción. Creo que muchas veces pasa por ignorancia o por presiones económicas, y ven una oportunidad de salir de sus deudas o hacer negocio, quieren lucrarse de la especulación. Y los barrios se acaban dividiendo entre la gente que protege el barrio y su patrimonio y los que no, que quieren vender.

También hay que pensar que las declaratorias o ciertos subsidios traen otros problemas: congelan de cierta forma la vivienda o el barrio sin que puedas intervenir, ponen requisitos y restricciones si quieres modificar o ampliar. Esto crea problemas a los mismos beneficiarios y hace que mucha gente se oponga a estos procesos, aumentando la gente que no defiende el patrimonio y aumentando también la división del barrio.

Es complejo no hablar en estos tiempos del confinamiento por Covid-19 o cómo la cuarentena no es posible para todas las familias. En el blog de Verde Azul hemos tratado esta temática, hemos hablado ya de las desigualdades que se están dando, concretamente en la Región Metropolitana. ¿Cómo entiende la relación entre el patrimonio y la mejor o peor calidad de confinamiento que puedan tener las familias? ¿Qué futuros retos cree que tienen los equipos técnicos para prevenir futuras desigualdades habitacionales?

Hay un tema muy importante aquí: generalmente donde más se produce hacinamiento, tugurización, malas formas de habitar en lo construido –lejos de las periferias, en las zonas centrales de las ciudades-, es en las viviendas antiguas, patrimoniales o no. Suelen estar subdividas, viviendo una cantidad de personas mucho mayor a la que correspondería y consecuentemente con pocos servicios sanitarios como baños, cocinas que se comparten entre veinte personas, etc. Estas realidades de casas compartidas por tanta gente tienen graves problemas con el hecho de tener que estar en cuarentena, estar encerrada en la casa. Por supuesto que no se puede dar un buen aislamiento o distancia social en estos hogares.

Esto pasa en parte porque son viviendas que se han olvidado, no se han valorizado en el tiempo, y esto es consecuencia de una prioridad de políticas públicas que tenemos en el país, donde siempre se ha fomentado la demolición-construcción versus la mantención de las viviendas. En líneas generales –lejos del trabajo de la oficina-, vamos demoliendo y parando edificios; y mantener, arreglar y mejorar no está en los planes porque probablemente no es negocio. Mientras esté esta política primando en los gobiernos locales, en el central, es muy difícil que nosotros podamos mejorar las condiciones de habitabilidad de estas viviendas, de vida de estas personas que las habitan al final, y que por ende puedan tener un mejor confinamiento. Esa es la diferencia que vemos ahora: es mucho más difícil hacer cuarentena en estos lugares que en vivienda nueva, o vivienda mantenida. Estos hogares están en muy mal estado por esa falta de protección, no se han tocado a no ser que haya habido motivos de catástrofe, no mediante políticas permanentes.

Y en cuanto a los retos de los equipos técnicos, creo que en Santiago hay gente muy capacitada por suerte. Hay un abanico increíble de organizaciones, asociaciones, corporaciones… que muestran la cantidad de gente que está preocupada por estos temas, que los trabaja. Conozco muchas personas metidas en el rubro, y siempre llegamos a la misma conclusión: lo que frena las ideas e inquietudes novedosas, son las mismas políticas públicas que ya he comentado, que no dejan que se lleven a cabo dichas ideas. No están destinadas a priorizar este tipo de visiones, como la construcción está por encima de la mantención; por mucho que quieras mejorar barrios históricos, si no tienes un acompañamiento de políticas por detrás que sustente estas ideas, eso queda en nada. Hay un problema estructural sobre la visión del país más que un problema de profesionales no capacitados o con ganas de trabajar con ideas diferentes.

Para cerrar esta conversación, nos gustaría invitarle a compartir una reflexión final con las personas que nos leen.

Me gustaría hablar sobre un tema súper pertinente en la contingencia actual que estamos viviendo.  Creo que a través de esta pandemia se nos hace un llamado -independientemente de si somos arquitectos, beneficiarios, si somos de ciudad, de campo, al final somos personas viviendo esto-, a la reflexión personal, a la introspección: si podemos hacer un retiro espiritual, ya que no todo el mundo puede, debemos quedarnos con nosotros mismos y pensar bien la forma en la que estamos viviendo. Pensar en las cosas, en cómo tratamos al planeta: ¿es necesario todo lo que hago, lo que consumo? En la casa uno apenas se cambia de ropa, ¿será que necesitamos tantas prendas? ¿Será que necesito salir tanto a consumir en la calle, si puedo tomarme el vino en la casa? El daño al medioambiente es por el consumo desmedido en el que estamos todos involucrados. El hecho de vivir en una ciudad te hace ser altamente contaminante, de manera indirecta.